
Estoy reordenando por enésima vez los grupos del panel de capas en Illustrator, con la lámina repartida entre el portátil y la pantalla grande, cuando me entra un mensaje de Lalo: por qué su planta, técnicamente impecable, se ve más floja que la del compañero de al lado. Es la duda que más me llega desde que comparto estas notas con otros estudiantes de arquitectura sobre la presentación de proyectos y el portfolio, y casi nunca está en el dibujo: está en cómo se monta el panel.
Un aviso rápido antes de seguir: como afiliada de Hotmart, me llevo una comisión si compras a través de algún enlace del blog, sin que a ti te cueste un céntimo de más. Solo menciono cosas que he probado en mis propias entregas, nunca por encargo.
A Lalo lo conocí en unas jornadas de críticas abiertas —es estudiante en Valencia— y desde entonces me manda dudas de su propio proyecto; varias de las preguntas que respondo aquí salieron de esos mensajes. Vamos con las que más se repiten.
Mi panel parece un documento de oficina
La frase exacta que me destapó esto me la soltó Javi Pradillo, que monta sus proyectos en el banco de al lado: mi portfolio parecía «un Word con planos». Dolió, pero tenía razón. Exportaba las plantas desde AutoCAD y las dejaba caer en la lámina sin decidir qué tenía que mirarse primero, así que todo competía a la vez y al final no destacaba nada.
Mi respuesta corta es: antes de tocar el color, decide el orden de lectura. Qué se ve primero, qué después, qué es de fondo. Con eso claro, Illustrator sirve para jerarquizar —grosores, opacidades, tamaño— y no para volver a dibujar lo que ya está hecho en CAD. Esa jerarquía visual la trabajo a fondo en otra entrada sobre paletas de presentación, así que aquí me quedo con la regla práctica. Lo que más me ayudó a dar ese salto fue este curso de Illustrator para arquitectos: me llevé sobre todo la idea de que el grosor de línea y el color cuentan una historia, no solo cumplen una norma técnica.
El formato y la escala, desde el primer minuto
Otra pregunta que se repite es por qué se descuadra todo al final. Casi siempre es lo mismo: empezar a maquetar sin fijar el tamaño real del panel. Si el documento no nace ya con el formato de entrega (un A0, normalmente), acabas escalando elementos a ojo y la escala gráfica deja de ser fiable, que es justo lo que un tribunal mira primero. El detalle de cómo mantener la escala correcta al exportar desde AutoCAD lo cuento aparte; aquí basta con dejar el formato bloqueado antes de importar nada.
El otro fallo de esta fase es traer el archivo sucio. Si metes bloques pesados de mobiliario o tramas enormes directas de CAD, Illustrator se arrastra y, con suerte, se cierra justo cuando estás cerrando la leyenda de materiales. Por eso paso siempre por mi técnica para limpiar los planos de AutoCAD antes de ilustrarlos —ese paso de CAD a Illustrator tiene su propia mañana de trabajo, pero esa es otra historia—. Y si todavía peleas con el dibujo base, tenerlo sólido ayuda: un máster en AutoCAD no está de más antes de ponerte a pulir lo visual.
No todo tiene que ir a máxima resolución
Llega entonces el día de la copistería, y aquí cae mucha gente. La teoría te empuja a meterlo todo a la máxima resolución «por si acaso», pero si encajas un puñado de renders pesados en un archivo lleno de capas, el PDF se vuelve un ladrillo imposible de manejar.
Lo que hago ahora es separar lo que se mira de cerca de lo que se ve a un metro. Los elementos protagonistas van a buena resolución; las texturas de fondo y los diagramas sutiles pueden ir bastante más bajos sin que nadie lo note en el papel. No tenía claro si esa diferencia se cantaría al imprimir, pero en la pared, a la distancia a la que de verdad se mira un panel, no se aprecia. Y de paso evitas que tu archivo bloquee la cola del plotter justo antes de una entrega.
Cómo evitar que las líneas desaparezcan al imprimir
En pantalla todo engaña. Por mucho que amplíes el zoom, el monitor te enseña líneas que el papel se traga. La pregunta llega siempre igual: por qué en casa se ve y en el plotter desaparece. Porque los trazos demasiado finos no sobreviven al paso por la máquina, sin más. Lo que hago es subir el grosor de las líneas más delgadas hasta que aguantan la impresión, en vez de fiarme de cómo lucen ampliadas en la pantalla.
Abusar de los pinceles artísticos es la otra trampa de esta parte. Si los usas en todo, las secciones acaban pareciendo dibujos peludos en lugar de cortes limpios; por eso reservo los mejores pinceles de Illustrator para texturas solo para elementos concretos y dejo la estructura con trazos rectos y jerarquizados. La prueba que nunca me salto es una foto con el móvil de la sala de críticas, mirada luego en la pantalla pequeña: en una de esas fotos mi lámina se leía antes que la de Javi, que estaba colgada al lado, y eso me dijo más que cualquier zoom al detalle.
Domar la paleta y ordenar las capas
Si hay un error que reconozco como mío, es de paleta. En una de mis primeras presentaciones apliqué seis tonos distintos «para que tuviera vida» y la lámina terminó pareciendo un muestrario de pintura: ningún color significaba nada porque todos gritaban igual. Ahora arranco con dos o tres como mucho y los ato a una función —uno para lo construido, otro para el contexto— antes de empezar a colorear nada.
Con las tipografías sigo la misma lógica de contención: dos fuentes como mucho, una para títulos y otra bien legible para los textos técnicos, nada de cinco «porque queda moderno». Sobre cuáles aguantan mejor la impresión escribí aparte, en una entrada sobre tipografías para portfolios que mejoran la legibilidad. Y lo último, lo más aburrido y lo que más me salva: las capas. Trabajar todo en una sola es pedir un desastre, así que las separo por categorías —muros, mobiliario, sombras, textos— y las notas de color que voy dejando pegadas en el borde de la pantalla me recuerdan qué va con qué cuando toca cambiar algo a última hora. Cómo se compone la lámina entera, con sus márgenes y su aire, da para otra conversación; aquí me quedo en que ese orden interno es lo que te deja disfrutar del diseño en vez de pelearte con el archivo.
Casi todas estas dudas se reducen a lo mismo: un panel no es un sitio donde dejar caer dibujos correctos, es algo que alguien tiene que entender en los pocos segundos que el tribunal le dedica antes de empezar a hablar. Si tu lámina se te ha estancado, prueba lo de la foto con el móvil antes de seguir tocando cosas, porque suele señalar el problema mejor que mirar la pantalla de cerca. Y si Lalo o cualquiera me manda otra pregunta que se repita, la iré sumando por aquí.