
El mapa de fondo de mi lámina parecía manchado de café. Estaba vectorizando un plano del entorno urbano para mi tesis de arquitectura, y lo que debía ser una base limpia de representación gráfica se había convertido en un archivo pesadísimo, lleno de borrones donde antes había calles. Vectorizar mapas para un PFC de arquitectura suena sencillo hasta que lo intentas con un contexto urbano real.
Un compañero de curso, meses antes, me había soltado sin filtro que mi portfolio parecía un documento de Word con planos pegados encima. Tenía razón, aunque me costó admitirlo. Sabía manejar AutoCAD desde segundo año, pero trasladar esos planos a una lámina que se leyera bien era otra historia completamente distinta, y el mapa de contexto fue lo primero que se resistió.
Vectorizar mapas para mi PFC de arquitectura: la lección que no vi venir
Probé primero lo obvio: cargar una captura de satélite del entorno y pasarla por Calco de Imagen (Image Trace), la herramienta de Illustrator que promete convertir cualquier foto en vectores con un par de clics. Sonaba perfecto para no tener que dibujar manzana por manzana a mano.
El resultado fueron miles de nodos de ancla —los puntos que definen cada trazo vectorial— sueltos por la pantalla, uno por cada curva irregular que el programa creyó ver en el asfalto y en las sombras de los tejados. Cada clic seco del ratón al fijar un nuevo nodo a mano se sumaba a un archivo que mi portátil ya no podía mover con soltura. Ahí entendí que saber usar AutoCAD no me servía de nada si no entendía cómo se organiza un gráfico vectorial por dentro, con sus puntos de ancla y sus curvas.
La escala correcta a la que exportar cada elemento es harina de otro costal; aquí me basta con decir que un mapa que ignora la escala final de tu lámina no sirve para nada, por bonito que quede en pantalla. Lo que sí cambié fue mi manera de tratar el contexto urbano en las láminas: para mis planos de emplazamiento en Illustrator con estética de concurso empecé a separar lo que de verdad necesitaba ser vector limpio de lo que podía quedarse como imagen de fondo bien tratada.
Vectorizar todo el mapa: mi primer error
Durante un tiempo estuve convencida de que la única manera seria de tratar un mapa era vectorizarlo entero, hasta la última acera. No estaba segura de si esto iba a funcionar, pero insistí de todas formas durante semanas.
La comparación entre el mapa de satélite original y mi versión vectorizada me enseñó algo que ningún tutorial me había dicho: si el mapa de partida no tiene contraste suficiente, Illustrator inventa formas que no existen. Las esquinas de los edificios se redondean, las calles se desalinean, y terminas con un dibujo que se parece a tu ciudad pero no es tu ciudad.
Mi conclusión, después de perder varias tardes en esto, va un poco a contracorriente de lo que había leído por ahí: vectorizar el mapa entero es casi siempre una pérdida de tiempo. Ahora priorizo tratar bien la imagen de base, en mapa de bits, y reservo el vector solo para los elementos jerárquicos que de verdad importan en mi propuesta. Un árbol a tres manzanas de mi zona de intervención no necesita ser un trazado perfecto; mi zona de intervención sí.
Cómo decidí qué vectorizar y qué dejar en mapa de bits
Para paneles grandes, trabajar en vector sigue siendo importante —evita que el mapa se pixele en escalas como 1:500 o 1:1000— pero hay que saber dónde parar. Llegué a mandar a imprimir un archivo de 100 MB, con tantos puntos vectoriales sin simplificar, que bloqueó el plotter de la escuela, en la Isla de la Cartuja, durante un buen rato. El técnico no dijo nada, pero la cara que puso lo decía todo.
En el panel de capas dejé solo lo esencial: una para el contexto en gris, otra para mi propuesta en color. La lógica de capas que uso hoy la fui puliendo aparte, en un proceso de limpieza de mis planos de AutoCAD que merece su propio relato; aquí solo digo que sin capas ordenadas, ningún mapa se lee bien. Todo el recorrido de pasar un archivo de AutoCAD a Illustrator para un panel final da, de hecho, para un cuaderno entero por sí solo.
Para los colores apliqué la misma jerarquía visual que ya venía afinando en mis paletas de presentación: tonos apagados para lo existente, color reservado para lo que quiero que el tribunal vea primero. Después até cabos con ajustar el grosor de líneas en Illustrator para mejorar mis planos, algo que ya conté por separado y que le dio al mapa la profundidad que le faltaba.
En las manzanas más compactas del centro dejé de rellenar a mano y empecé a usar el bote de pintura interactiva, que con los vectores bien cerrados resuelve en minutos lo que antes me llevaba noches enteras. Para que las texturas de los patios y jardines no se salieran de cada manzana recurrí a máscaras de recorte, y para el arbolado de fondo probé un pincel de textura que tenía guardado de otro proyecto —dos herramientas que darían para su propia entrada, así que las dejo solo apuntadas aquí.
Legibilidad en el plotter: el límite que no esperaba
Illustrator tiene un límite de lienzo que descubrí por las malas: 577,95 centímetros. Para una lámina A1 no es un problema, pero si alguna vez montas un mapa territorial a escala real, ahí te vas a chocar. Yo trabajo siempre pensando en el tamaño final del panel, sin olvidar la escala gráfica del propio mapa, y cualquier elemento que no sea vector —una textura de suelo, una sombra suave— lo mantengo a 300 dpi, la resolución mínima para que no se note en la impresión.
No todo salió bien a la primera. Para las leyendas del mapa probé en su momento una tipografía caligráfica, pensando que le daría personalidad al conjunto; en pantalla se veía preciosa. En el plotter, a tamaño real, las letras se cerraban unas sobre otras y ni yo misma conseguía leer mi propia leyenda a un metro de distancia. Volví a una tipografía de palo seco esa misma tarde, sin excepciones para las leyendas del mapa.
Una compañera de piso sale a correr por el carril bici del río todos los miércoles por la tarde, sin falta, y durante semanas la vi salir y volver mientras yo seguía delante de la pantalla ajustando nodos y probando tipografías. Sobre la semana ocho de este proceso saqué del plotter la primera lámina A1 completa, y los textos del mapa se leían perfectamente incluso desde el otro extremo de la sala. No fue un momento dramático, solo la confirmación de que algo había cambiado en la manera en que estaba tratando el mapa.
Lo que me llevo de esta lámina
Estas últimas semanas han sido de puro pulido, revisando detalle a detalle antes de la entrega. Vectorizar mapas para un PFC de arquitectura no consiste en saber usar todos los botones del programa, sino en decidir cuáles necesitas para que tu idea se entienda en los treinta segundos que dura una crítica. Aprender a maquetar mi portfolio de arquitectura por mi cuenta me dio parte de esa confianza, aunque el mapa de la lámina de tesis tuvo que aprenderlo por su cuenta, a base de archivos colgados y plotters bloqueados.
Si algo me llevo de todo este proceso es que un mapa no tiene que estar vectorizado al cien por cien para funcionar; tiene que leerse bien desde donde se va a mirar. Illustrator para arquitectos, al menos en mi experiencia como estudiante, es menos sobre dominar cada herramienta y más sobre saber qué parte del mapa merece ese cuidado. Cuando el tribunal se acerque a mi lámina, espero que no vea píxeles ni nodos sueltos, sino un proyecto pensado hasta en su mapa de contexto.