
Una lámina que copia la estructura de un portfolio ajeno y una lámina construida desde la proporción real de tus propios planos pueden parecer el mismo ejercicio a primera vista, pero solo una de las dos aguanta que alguien se acerque a mirarla de cerca. Trabajo el collage arquitectónico en Adobe Illustrator para mi portfolio de arquitectura, y lo que más me ha costado no ha sido aprender herramientas nuevas, sino entender por qué un mismo recurso funciona en una lámina y arruina la de al lado.
Esta entrada no es un tutorial de pasos. Es una comparación entre lo que probé y no funcionó frente a lo que sí sostiene una lámina de portfolio de arquitectura cuando la miras de cerca, algo que cualquier estudiante de arquitectura que use CAD en la escuela reconocerá en cuanto intente meter textura sobre un plano técnico.
Copiar un layout de portfolio ajeno frente a construir la proporción propia
Antes de entender esto, copié el layout de un portfolio que vi en Behance sin fijarme en la proporción real de mis propios planos. Encajé mis plantas y secciones dentro de una retícula pensada para otro edificio, con otras proporciones de fachada, y el resultado quedó desencajado: los márgenes no respiraban igual en todas las páginas y la escala gráfica parecía metida a la fuerza en una esquina.
Bea, mi compañera del taller de proyectos, fue la primera en decírmelo sin rodeos: que aquella lámina no tenía nada que ver con mi edificio, que llevaba pegada encima la proporción de otro proyecto. Tenía razón. Lo que cambió las cosas fue partir siempre del formato real de la lámina —A1, 594 x 841 mm— y montar la composición desde ahí, no desde una plantilla descargada que ya venía con sus propios huecos y bloques decididos por otra persona.
El paso del archivo de CAD a Illustrator también pesa más de lo que pensaba al principio: si el PDF que exportas no respeta la escala real del proyecto, montar cualquier collage encima se convierte en corregir un error de base a base de parches. Y antes de tocar una sola textura, más de una tarde se me fue limpiando capas duplicadas que arrastraba el archivo desde AutoCAD, vectores sueltos que ni siquiera sabía de dónde habían salido. Descubrí también que el bote de pintura interactiva en Illustrator para colorear plantas ahorra bastante tiempo antes de meterse con texturas más complejas, sobre todo cuando lo que buscas es una base de color limpia sobre la que montar el collage después.
¿Collage arquitectónico con textura fotográfica o textura interpretada?
Durante bastante tiempo estuve obsesionada con que las texturas encajaran perfectamente, como si la lámina fuera una foto de una obra ya construida. Un profesor me dijo en una revisión que mi lámina parecía un catálogo de materiales de construcción y no una propuesta arquitectónica. Tenía razón: perseguir el realismo fotográfico compite con el dibujo técnico en vez de apoyarlo.
La alternativa que terminé usando es lo que llamo, sin mucha pretensión, un collage mate: cielos con grano, degradados suaves en vez de texturas de alta resolución, y escalas humanas que son simples siluetas con un 40% de opacidad en vez de gente recortada de una foto. En lugar de buscar la hierba perfecta, uso un verde desaturado con algo de ruido encima. El jurado se fija en el espacio, no en si el árbol que dibujé es la especie correcta para el clima de Sevilla.
Ninguna de las dos texturas —la fotorrealista ni la interpretada— sirve de nada si la lámina no tiene una jerarquía visual clara, si no queda claro qué debe mirar primero quien la ve durante los primeros segundos de una revisión. Ahí es donde la composición general del panel deja de ser solo una decisión estética y se convierte en una decisión de representación gráfica: dónde se agrupa la información, dónde se deja aire en blanco, pesa tanto como cualquier pincel de textura que uses después para las sombras o los cielos. Encima del monitor tengo pegados varios post-its con las paletas de color que voy probando, porque cambio de opinión sobre qué verde o qué gris usar más veces de las que me gustaría admitir.
Cuando una capa se desordena y tardo más de la cuenta en encontrar el error, se me nota en el escritorio: el café se queda frío al lado del teclado mientras sigo dándole vueltas al mismo problema.
El modo Multiplicar: cuándo dejar la línea técnica encima
La técnica que sostiene todo esto, tanto en la versión fotorrealista como en la interpretada, es el modo de fusión Multiplicar. Si pones la capa de líneas de CAD arriba del todo y le aplicas Multiplicar, puedes meter color y textura debajo sin perder nunca la definición técnica del muro o el mobiliario. Sin ese modo de fusión, el collage se ve infantil: la línea técnica y la textura compiten en vez de sumar.
El grosor de línea que sobrevive del CAD a Illustrator también decide buena parte de si esa capa superior funciona o no —es un tema que da para su propia entrada, con sus propias trampas—. Lo que sí puedo decir es que las máscaras de recorte en Illustrator para planos de detalle me permiten meter un patrón de madera o una foto de ladrillo exactamente dentro del contorno de un muro sin que se salga ni un milímetro, mucho más limpio que recortar la imagen antes de traerla al programa.
RGB frente a CMYK: la lámina que sale del plotter no es la que ves en pantalla
Aquí la comparación es más simple de explicar que de vivir la primera vez: una lámina diseñada y revisada en RGB, el modo pensado para pantallas, y esa misma lámina pasada a CMYK para el plotter, pueden mostrar colores notablemente distintos dentro del mismo archivo. La primera prueba de impresión que saqué en la copistería salió con los azules del cielo convertidos en un gris azulado apagado y los tonos tierra más sucios de lo que se veían en el portátil, y la diferencia entre las dos versiones era demasiado grande para ignorarla.
Desde entonces, lo primero que hago al abrir un archivo nuevo para una entrega es fijar el modo de color en CMYK y comprobar que la resolución esté en 300 dpi, no en lo que se ve cómodo en la pantalla del portátil. Mirar el archivo en modo CMYK desde el primer boceto, y no solo antes de entregar, evita la sorpresa de descubrir a media tarde que media paleta de presentación no sobrevive al paso a tinta.
Qué elegir según lo que necesita tu lámina
Con todo esto ya montado, hice una prueba tonta que terminó diciéndome más que cualquier revisión formal: le hice una foto con el móvil a la lámina apoyada contra la pared del salón y la miré en la pantalla pequeña. Se leía mejor que la de Javi, que llevaba toda la tarde puliendo la suya en el ordenador grande con el zoom al 100%. Si algo se sostiene en una foto de móvil mal iluminada, se sostiene en cualquier revisión.
Ahí entra también la legibilidad tipográfica de las leyendas: una fuente con mucha personalidad puede quedar preciosa en pantalla y desaparecer por completo en cuanto reduces la lámina al tamaño de una foto de móvil o de una miniatura en una web de trabajos de fin de carrera.
Una lectora del blog desde Buenos Aires, Rut, me escribió preguntando exactamente a qué escala tenía que exportar el PDF antes de montar su propio collage, y no dio la pregunta por cerrada hasta que la respuesta cuadraba con sus planos. Tenía razón en insistir: ese punto de partida es el que decide si el resto del proceso funciona o se convierte en parchear proporciones que nunca acaban de encajar del todo. Cada vez entiendo mejor por qué prefiero usar Adobe Illustrator para arquitectura en mis entregas frente a quedarme solo con lo que sale directo de AutoCAD: es esa capacidad de mezclar lo técnico con lo narrativo sin que ninguno de los dos gane del todo.
Si tu proyecto vive de la luz, la atmósfera y cómo se habita un espacio, el collage mate con siluetas y grano gana casi siempre, porque deja que el jurado imagine en vez de comparar tu dibujo con una foto real. Si lo que defiendes es un detalle constructivo o una solución técnica muy concreta, ahí sí conviene acercarse más al realismo, porque la textura tiene que demostrar algo y no solo ambientar. Y en cualquiera de los dos casos, la lámina tiene que aguantar antes la prueba tonta de la foto de móvil que la revisión formal: si no se lee ahí, tampoco se va a leer saliendo del plotter.
